Una vegana en Milán


Hace unas semanas el equipo de Fedelatina me ofreció la increíble oportunidad de viajar a Milán con motivo de unas jornadas para jóvenes emprendedores por la inclusión de personas en riesgo de exclusión social. Era una oportunidad maravillosa para conocer otros proyectos y además poder asistir a mesas redondas y algunos workshops de lo más interesantes, así que no dudé  ni por un instante en aceptar.

Mi viaje empezó a las 2:45 del miércoles, cuando saqué mi primer pie de la cama y me fui directa a la ducha. Tras un rato de ducha, taparme como si no hubiera mañana y autobús, me vi a las 5:20 en Plaza Cataluña, el que fue nuestro punto de encuentro para salir hacia el aeropuerto de Barcelona – El Prat. Después de 20 minutos de bus y más de 1 hora de avión conseguimos llegar al aeropuerto más cercano a la ciudad de Milano, que es el aeropuerto de Malpensa.

Una cafetería con opciones veganas en Milán

Era 30 de Noviembre, la temperatura del día había empezado en -4º, pero ya había unos 2º o 3º grados. Faltaban pocas horas para que empezaran los primeros encuentros y compromisos de la convocatoria de jóvenes emprendedores. Salimos de la estación de Cadorna (que tiene conexión con el aeropuerto de Milano) y decidimos parar a desayunar en la primera cafetería que vimos. La elegida fue la Pasticceria Cafetería Villa, que estaba en la Piazzale Luigi Cadorna número 9, justo enfrente de la estación.

Yo me pedí – sin mucha esperanza –  un té para calmar el hambre hasta encontrar alguna opción vegana. En ese momento una compañera decidió pedirse un croissant y pasó algo maravilloso: el camarero le dijo todas las opciones que tenían y, entre ellas, dijo “croissant vegano”. He de reconocer que casi lloro de la emoción. Debió ser un espectáculo verme comer aquel Croissant, ya que algo que para la gente suele ser tan fácil y normal, para nosotros puede ser una ocasión bastante especial. jajaja.

 

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Croissant vegano en Pasticceria Villa.

Al salir de ahí estuvimos de encuentro en encuentro por los al rededores de Milán, hasta que llegaron las 10 de la noche y por fin pudimos ir al hotel a descansar. Menos mal. Realmente lo necesitaba,ya que no había tenido mucho éxito en las comidas y cenas (era todo un catering cerrado que no había contemplado la idea de que una vegana con un emprendimiento vegano necesitaría comida vegana para sobrevivir). Aunque la suerte me sonrió cuando, en el hotel que nos alojaron, B&B Hotel Milano Cenisio Garibaldi, en Via Messina, pude conseguir unas galletas veganas que vendían en el hall del hotel. Bueno, oye, al menos pude cenar.

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Me tumbé en la cama con mis galletas y encendí la televisión. Fueron apenas 10 minutos los que tardé en dormirme, pero los disfruté como nunca.

La verdadera belleza de Milán: ¿Qué ver?

El despertador sonó a las 7:50 de la mañana. Me esperaba una ducha rápida para sobrevivir a otro intenso día. Me metí en la ducha, que tenía ese aire tan moderno y minimalista que tanto me gusta, y me quité el sueño a golpe de agua caliente. Al salir ya había comenzado el amanecer, por lo que sin dudarlo me concedí unos minutos para disfrutar del primer amanecer de mi vida en Milán.img_20161201_074531Algo torpemente, bajé a desayunar con el equipo. Esa imagen tan maravillosa de Milán amaneciendo me había regalado un poco de esperanza, y por suerte el desayuno no me la quitó. Tenían panes y mermeladas veganas, además de naranjas para exprimir. Y, aunque me faltó algo de fruta, no me pude quejar. Desayuné por 3, porque ya me olía que a lo largo del día iba a ser difícil volver a probar bocado. Una hora después cogimos rumbo a las últimas jornadas y mesas redondas.

Al terminar todas las jornadas decidimos dar una vuelta por los puntos de mayor interés de Milano, ya que hasta ahora lo que había conocido era un extrarradio de lo más industrializado y con un generalizado color gris en el ambiente que, sinceramente, no me sorprendió en absoluto. Mis compañeros querían visitar el Estadio San Siro, y aunque a mi sinceramente no me despertaba ningún interés, me subí con ellos en el metro dirección San Siro por la simple curiosidad que me despertaba Milán. Y he de reconocer que, estéticamente hablando, no me interesó demasiado.

Eran casi las 5 de la tarde y comenzó a atardecer. Era el momento de reunirse en el punto de encuentro con los demás para despedirnos y que cada uno tomase su propia dirección en el viaje. Así, cogimos uno de esos tranvías antiguos (no pude evitar acordarme de mi viaje por Lisboa) desde San Siro hasta el Duomo, que tardaría unos 40 minutos en llegar a su destino. He de decir que estaba demasiado emocionada porque sentía que ahora – de verdad – estaba a punto de comenzar mi viaje por Italia.

Visitas obligatorias en Milán: las galerías y el Duomo

Por fin llegamos a la parada del Duomo y ahí sí que empecé a apreciar de verdad la belleza de la ciudad de Milán. La plaza estaba abarrotada de gente (y palomas) pero lucía realmente hermosa. Estaba iluminada por las luces de navidad que cubrían un kilométrico árbol de navidad. En contraste con el atardecer era algo asombroso. La catedral se veía impresionante. El color blanco del mármol que recubre los ladrillos de la construcción del Duomo es algo que sin duda hay que ver al menos una vez en la vida.

 

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El Duomo de Milano

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Monumento de Victor Manuel II

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Calles de Milán decoradas por las luces de Navidad

Con toda nuestra pinta de turistas, no dejaban de acercarse todos los vendedores que llenan la plaza. En menos de un segundo uno de mis compañeros ya tenía la mano repleta de maíz mientras el vendedor le exigía una pequeña recompensa por la “fabulosa experiencia”. Sí, error de turista. Pero al menos me llevé una bonita foto de recuerdo.

 

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Palomas en la plaza del Duomo

Después, comenzamos a dar unas cuantas vueltas de al rededor del Duomo, mientras comíamos unas castañas calientes a precio de oro compradas en uno de esos pequeños puestecitos (pero oye, qué bien entraron). Entramos por las galerías de Vittorio Emannuele II, unos hermosos pasillos cubiertos y repletos de restaurantes carísimos y poco veganos. Pero sí, realmente era precioso. Los techos eran infinitamente altos y estaban decoradas con alguna que otra pintura. Los pasillos estaban repletos de gente que hacía cola para colocar el pie sobre los testículos de la pintura de un toro y dar tres vueltas sobre si mismos. Se supone que eso da suerte. Para mi la suerte fue poder salir de ahí cuanto antes, ya que las grandes masas de gente me agobian demasiado.

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Sola y en Milán

Al salir de las galerías, volvimos a la Plaza del Duomo y tocó despedirse de los demás. Después de algún que otro abrazo, cargué con mi bolso, con mi maleta en una mano y  con el GPS del móvil en otra, empecé a tomar rumbo hacia el hotel que había reservado esa noche. Fueron unos 40 minutos caminando de lo más agradables. Me sentía feliz, libre y muy agradablemente sola en una ciudad desconocida de un país que jamás había pisado. Me sentía bien, sabiendo que había superado con creces ese miedo que tenía a verme pequeña y rodeada de gente desconocida que no habla mi idioma natal. Pero lejos de ello noté que las calles que cruzaba tenían un increíble encanto. Aunque no sé si era producto de mi sentimiento de libertad o era real.

Llegué a mi habitación en el Viva Hotel Milano, un hotel que reservé por su precio, su acogedor diseño interior y, sobre todo, por encontrarse a 30 minutos andando de la Estación Central de Milano, dónde al día siguiente me encontraría con uno de mis mejores amigos para coger un tren hasta Firenze (Florencia).

Tiré las maletas por un lado y todas las chaquetas por otro, me tumbé en la cama y me quedé descansando por 1 hora hasta hacer tiempo para cenar, ya que llevaba todo el día con un simple desayuno y unos trozos de piña con canela que el catering ofreció como postre. Había sido un día realmente agotador. Aproveché para enviar unos cuantos mensajes de “tranquilos, sigo viva” y mirar cómo ir al restaurante vegano  más cercano gracias a la App Happy Cow (una app que te geolicaliza los restaurantes y tiendas veganas más cercanas). La App me dijo que el restaurante más cercano era Biovegafé Dolce&Salato, y que además de ser barato, tenía hamburguesas veganas, así que me embutí en mis chaquetas, gorros y bufandas puse rumbo hacía allí.

En menos de 15 minutos ya había llegado al restaurante, dónde me recibió un joven hombre de lo más agradable con un aceptable castellano, que mantenía una distendida conversación en Italiano con una mujer que acompañaba a un hermoso beagle. Entre todo aquello, pedí mi hamburguesa, aunque las opciones veganas eran muchas: falafel, pasta, dulces… Al final, mi pequeño y peludo amigo y yo compartimos algún trozo de hamburguesa.

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El cocinero me trajo un delicioso zumo de naranja y jengibre que me devolvió la vida mientras esperaba mi cena. El pan de semillas estaba caliente, doradito y crujiente, y la hamburguesa de soja venía con queso vegano, tomate, cebolla, lechuga. No pude ser más feliz ni engullir más rápido. Después de un día tan intenso sin comer fue mi mejor recompensa.

Fuera no hacía más de 6 grados y mientras comía sólo podía pensar en el gran día que me esperaba mañana. Mantuve ese pensamiento en mi cabeza hasta que llegué a la cama del hotel y ahí me invadió,quizá, un poco de morriña que me hizo recordar que llevaba demasiados días lejos de mis perros y eso siempre me pone algo sentimental. Me tumbé en la cama y, sin darme cuenta, me quedé dormida hasta las 8 de la mañana del día siguiente.

En busca de un desayuno vegano y hacia la Estación Central de Milán

Sonó el despertador y ya me rugían las tripas otra vez. Me levanté, duché, recogí mi maleta y puse rumbo a una tienda dietética llamada NaturaSi que se encontraba a 15 minutos de mi hotel. Happy Cow me decía que había muchas opciones veganas en ella, así que decidí pasar a comprar el desayuno para mi y mi amigo You, que estaba volando hacia Malpensa. 

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La luz era magnífica, la temperatura de 15 grados y el otoño dejaba unos colores asombrosos sobre el suelo de Milán. Entré en la tienda y para mi sorpresa todos los productos veganos que tenían estaban etiquetados con el logotipo “vegan”, por lo que la compra fue rápida y fácil. Tenían seitán, salchicas veganas, cremas, patés, leches vegetales, bollería y fruta. Todo con su sello vegano. ¿El precio? Pues como en España.

 

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Finalmente me decanté por unos Croissants veganos, unas galletitas de cacao y una leche vegetal de soja sabor vainilla (que no os recomiendo). Cogí mi desayuno vegano y tomé dirección hacia la Estación Central de Milán. A las 11:00 a.m llegaba mi amigo You. Tenia unos 30 minutos de paseo, y el día había empezado de la mejor manera posible.

De Milán a Florencia en tren de alta velocidad

A las 11:05 de la mañana me encontré con él bajo uno de los enormes relojes que decoraban la estación central. Después de unos cuantos abrazos y risas, entramos a la estación para comprar los billetes de tren que nos llevaría a Florencia, que tenían un precio de 50€ la ida por persona. Compramos los billetes y, como aún quedaban 40 minutos, nos sentamos en uno de los bancos de piedra que se encuentran en el interior de la estación.

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Desayunamos tranquilamente y cuando se acercó la hora, nos dirigimos hacia el andén en el que nos esperaba el tren de alta velocidad hacia Florencia. Ahí empezaba de verdad la gran aventura.

(Lee más sobre mi viaje a Florencia aquí).

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